Ciudad de México, a 8 de abril de 2026.— En medio de nuevos aumentos en los combustibles, una frase de la presidenta Claudia Sheinbaum volvió a encender el debate sobre el discurso energético de la llamada Cuarta Transformación. Ante cuestionamientos por el alza de la gasolina Premium, que en varias estaciones del país ya roza los 29 pesos y hasta 30 por litro en algunos lugares, la mandataria respondió con una sugerencia que rápidamente se viralizó: “Pueden cargar Magna”.
La declaración ocurrió durante su conferencia matutina del miércoles, cuando periodistas le plantearon el encarecimiento del combustible de mayor octanaje. La respuesta presidencial fue directa: si la Premium resulta cara, los automovilistas pueden optar por la gasolina regular, cuyo precio —según el gobierno— se mantiene por debajo de los 24 pesos gracias a acuerdos con gasolineros y apoyos fiscales.
Sin embargo, la frase no tardó en detonar críticas porque, más allá de la recomendación técnica, revivió una promesa emblemática del movimiento político que hoy gobierna México.
El fantasma de los “10 pesos”
Durante años, el ahora expresidente Andrés Manuel López Obrador convirtió el precio de la gasolina en un símbolo político contra los gobiernos anteriores. En mítines y discursos previos a 2018 sostuvo que, sin corrupción y con mayor refinación nacional, la gasolina podría costar hasta 10 pesos por litro.
Aquella cifra se convirtió en uno de los emblemas retóricos del obradorismo frente a los llamados “gasolinazos” del sexenio de Enrique Peña Nieto.
Ocho años después, el contraste es inevitable:
Premium: cerca de 28–30 pesos en varias regiones.
Magna: alrededor de 23–24 pesos, contenida mediante subsidios y acuerdos con gasolineros.
El precio actual está muy lejos de aquel imaginario político que prometía combustibles significativamente más baratos.
La estrategia actual: contener, no bajar
El gobierno de Sheinbaum ha optado por una política distinta a la narrativa original: no reducir radicalmente los precios, sino contenerlos.
La administración federal ha concentrado sus esfuerzos en mantener la Magna como el combustible “protegido”, argumentando que alrededor del 80% de los automovilistas utiliza esa gasolina.
Para lograrlo se utilizan estímulos fiscales al IEPS y pactos voluntarios con distribuidores para evitar que supere los 24 pesos.
La Premium y el diésel, en cambio, reflejan con mayor claridad las variaciones del mercado internacional.
Fue en ese contexto que la presidenta lanzó la frase que ahora circula en redes: si la Premium sube demasiado, simplemente se puede usar la más barata.
De la política simbólica al consejo práctico
El comentario fue interpretado por muchos como un giro discursivo significativo. Donde antes el movimiento gobernante denunciaba el precio de la gasolina como un abuso del sistema económico, hoy la respuesta oficial parece más cercana a una lógica de mercado: cambiar a una opción más barata.
En redes sociales el contraste se volvió inmediato. Algunos usuarios ironizaron con frases como “Pasamos del ‘gasolina a 10 pesos’ al ‘carguen Magna’”; o “La nueva política energética: si está caro, compra el más barato”.
Otros defendieron la respuesta presidencial señalando que muchos vehículos pueden usar Magna sin problema, y que el gobierno al menos ha priorizado mantener accesible el combustible más utilizado.
Un símbolo político que regresa
Más allá de la polémica momentánea, el episodio revela algo más profundo: la gasolina sigue siendo uno de los termómetros políticos más sensibles en México.
En un país donde el precio del combustible afecta directamente transporte, alimentos y servicios, cada frase presidencial sobre el tema adquiere peso simbólico.
Por eso la recomendación de “cargar Magna” no se interpretó solo como un consejo técnico, sino como el reflejo de un cambio de narrativa: de las promesas de gasolina drásticamente barata a una política que administra aumentos y pide adaptarse a ellos.
Y en esa transición, el recuerdo de los “10 pesos por litro” vuelve inevitablemente a la conversación pública.









