Apatzingán, Mich., a 22 de enero de 2026.– En Tierra Caliente, la violencia no ha sido un exceso ni un accidente: ha sido un método de gobierno criminal. Las investigaciones federales y estatales en torno a César Alejandro Sepúlveda Arellano, alias “El Botox”, apuntan a que su papel dentro de Los Blancos de Troya no se limitó a la extorsión o al control armado del territorio, sino a la ejecución de homicidios de alto perfil por encargo, dirigidos a desarticular liderazgos políticos, sociales y económicos incómodos para el crimen organizado.
Autoridades de seguridad han sostenido que Los Blancos de Troya operaban como brazo armado de una estructura criminal mayor, bajo una lógica de subordinación y obediencia. En ese esquema, “El Botox” habría fungido como operador clave, responsable de cumplir órdenes que implicaban un alto costo político y social, pero que garantizaban control territorial y disciplinamiento regional.
Víctimas que incomodaban al poder criminal
Entre los homicidios que han sido vinculados a su historial criminal destacan tres casos emblemáticos que marcaron a Michoacán. El de Bernardo Bravo Manríquez, líder de los productores de limón del Valle de Apatzingán, asesinado tras denunciar públicamente extorsiones contra el sector agrícola. Su muerte fue interpretada como un mensaje directo a los productores que buscaban organizarse y romper el control criminal sobre la economía regional.
En 2018 fue asesinado Uriel Urrutia, alcalde suplente del municipio de Buenavista, cuyo homicidio evidenció la vulnerabilidad de los gobiernos locales frente a las estructuras criminales. El caso reforzó la percepción de que, en amplias zonas del estado, el poder municipal opera bajo amenaza constante.
Aunque fue a la cárcel, a su salida de prisión poco más de un año después, el Botox se vio involucrado en el homicidio de Hipólito Mora Chávez, exlíder de las autodefensas y aspirante político con proyección estatal, asesinado en una emboscada en 2023. Su figura representaba no solo resistencia armada comunitaria, sino una posible incursión política incómoda para los grupos criminales que buscaban cerrar cualquier resurgimiento de organización social independiente.
De acuerdo con fuentes de seguridad, estos homicidios no respondieron a conflictos personales, sino a una estrategia deliberada para eliminar liderazgos que desafiaban, denunciaban o estorbaban a la estructura criminal dominante en la región.
Un ejecutor con línea directa
El perfil de las víctimas revela el nivel de confianza que “El Botox” tenía dentro de la organización, pues no cualquier operador recibe encargos de este calibre, pues implican desatar presión mediática, reacciones del Estado y reacomodos internos.
Sepúlveda Arellano no actuaba de manera autónoma, sino como ejecutor de decisiones tomadas en escalones superiores del crimen organizado, en una cadena de mando donde la violencia funcionaba como instrumento de control político y económico.
Golpe al operador, no al sistema
Si bien los operativos recientes contra la familia del “El Botox” y que finalmente derivaron en la captura del líder criminal, representan un golpe relevante a la operatividad de Los Blancos de Troya, analistas advierten que la captura o neutralización de un operador no desmantela por sí misma la estructura que ordenó los homicidios.
Mientras las redes criminales que diseñan esta violencia sigan intactas, el riesgo de sustitución y reconfiguración permanece. En Michoacán, advierten, matar ha sido una forma de gobernar, y desmontar esa lógica requiere ir más allá de los ejecutores visibles.








