Morelia, Michoacán; 24 de febrero del 2022.- La Bibliotequita del Bosque está en el máximo pulmón de la capital moreliana, cuenta con una amplia área jardineada, donde se yerguen fresnos, eucaliptos, jacarandas y hules gigantes en los que abundan los pájaros carpinteros, los chapaturrines, los madrugadores y las urracas. Es la Biblioteca Pública Municipal “Morelia 450 Aniversario, a donde acuden niños, jóvenes y adultos de diferentes estratos sociales, culturas y personalidades, de uno de ellos les quiero platicar hoy porque es un lector voraz.
No es un hombre común, claro que no. Hay en él un algo de singularidad, de especial, de diferente. Es un individuo que ronda los sesenta y tantos años, delgado, ligero, de buena conversación y una amabilidad propia del hombre de campo, de lo que nuestras abuelas calificaban como de muy buena educación.
Llega bajo el cobijo de un sombrero de palma que tiene bordado al frente de la copa una imagen de un águila cabeza blanca en posición de ataque. Entra a la biblioteca, saluda afablemente y toma un tomo de las Obras Completas de Octavio Paz, y se va silenciosa y gozosamente a sentar sobre un viejo tronco de un fresno, bajo la sombra de otro árbol de gran calado.
Y allí permanece horas y horas, metido en la lectura, sin que lo distraiga más nada, ni siquiera las consignas de lo que marchan y protestan lo largo del Acueducto, porque es de esos lectores que viaja a través de las palabras, los renglones y los conceptos del Premio Nobel de Literatura de origen mexicano. Después de mucho tiempo de disfrutar en el mismo sitio y en la misma obra, observa las cubiertas del libro, lo acaricia y se pone en pie para entregar ese ejemplar de un gris añoso.
Hoy, sin embargo, lo abordé amistosamente y descubrí que es originario del Timbinal, comunidad perteneciente a Yuriria, Guanajuato, desde donde viaja a Morelia periódicamente: “si viera que vivo allá y acá. Una o dos semanas allá y luego una o dos semanas acá. Allá está la casa de mis padres, ellos ya murieron; y acá está otra casa que comparto con un hermano.
“De joven quise ser ingeniero químico, pero no pude con Física, ni con Matemáticas, y tuve que dejar la escuela. Me sentí frustrado, como que no era yo, había una gran amargura en mí. Fue entonces que un hermano que vivía en Napa, California, me dijo que me fuera para allá. Le agarré la palabra y me metí de mojado. Mas no estaba a gusto, extrañaba mi tierra y a los dos meses me regresé.
“Pero acá tampoco me sentí bien y pronto volví a meterme de ilegal. Me fue bien, pero siempre estuve extrañando mi tierra, me regresé luego de unos años, pero me volví a ir. Después me amparé a la amnistía, la Simpson Rodino, y me dieron papeles. Trabajé mucho, compré mi casa y mis cosas, pero hace dos años me pensioné, vendí todo y me vine.
“Me gustan mucho las obras de Octavio Paz y de Carlos Fuentes. Y aquí en esta biblioteca me siento bien, como que disfruto más la lectura. También voy a la biblioteca de Yuriria, pero cuando estoy en Morelia me vengo aquí. No tengo esposa, ni hijos, pero yo con la lectura me siento muy acompañado, contento, muy feliz”.
Jorge Álvarez Ayala es su nombre. Y a leguas se nota que se trata, como se dice en el pueblo, de un hombre bueno. Claro que sí, porque todo él transpira serenidad, paz y satisfacción consigo mismo. No, no es un hombre común, claro que no, porque hay algo en él que genera confianza, que provoca respeto, que conmina a hablar de su persona y de su personalidad, y a verlo como modelo del buen lector. Sí, claro que sí, porque es un lector voraz de muy buen cuño. Así sea.









