Morelia, Michoacán a 16 de enero del 2026.- Cuando vemos un árbol, solemos fijarnos en su sombra, en su altura o en la forma de sus ramas. Pero pocos imaginan que, en silencio, esos gigantes guardan en su tronco un registro preciso de su pasado. Cada año forma un nuevo anillo y en él queda grabada la huella de las condiciones en las que vivieron: épocas de lluvia o sequía, variaciones de temperatura, incendios… incluso rastros de contaminación, así lo señalaron Ruth Esther Villanueva Estrada, Teodoro Carlón Allende, investigadores del Instituto de Geofísica, Unidad Michoacán (IGUM), de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
El fascinante estudio de los anillos de crecimiento de los árboles se conoce como ‘dendrocronología’. Dentro de este campo destaca una de sus ramas más reveladoras: la dendroquímica, dedicada a analizar la composición química registrada en los anillos.
En el IGUM se realizan investigaciones que miran al pasado para entender nuestro presente. Mediante técnicas dendroquímicas, las y los científicos descifran cómo ha cambiado el ambiente y cómo nuestras acciones han dejado huella en los ecosistemas. Cada anillo analizado se convierte en una ventana al tiempo: revela la historia reciente de la atmósfera y del suelo, sin necesidad de máquinas fantásticas, porque los árboles ya se encargaron de escribirla.
Los árboles respiran, beben….. y también guardan la memoria de la contaminación. La madera está compuesta sobre todo por celulosa y lignina, pero en su interior también almacena los compuestos químicos que el árbol absorbe del suelo y del aire. Cada elemento queda atrapado en los anillos, como una firma química única del año en que creció, un testimonio silencioso de las condiciones que rodearon al árbol en ese momento.
Por ejemplo, los árboles captan dióxido de carbono (CO₂) directamente de la atmósfera. Cuando ese CO₂ proviene de la quema de combustibles fósiles, su composición cambia sutilmente, y esa huella queda guardada en los anillos como una variación detectable en la relación isotópica δ¹³C, análisis que los investigadores realizan. Gracias a ello, ha sido posible identificar aumentos vinculados a la contaminación: marcas químicas de una época que los árboles conservaron sin decir palabra.
Además de los elementos mayoritarios, los árboles absorben macronutrientes como nitrógeno, calcio, potasio y magnesio. Aunque estos no siempre indican contaminación, sí actúan como testigosde los cambios en el suelo y el clima, dejando en cada anillo pistas sobre las condiciones que rodearon al árbol a lo largo del tiempo.
Lo más sorprendente es la presencia de metales traza, como plomo, cadmio, mercurio o níquel, que pueden provenir de industrias, vehículos o emisiones atmosféricas. Algunos llegan directamente a las hojas y otros viajan a través del agua o del suelo para quedar almacenados en los anillos de crecimiento. De cualquier manera, terminan incorporándose a la madera, donde pueden permanecer durante décadas, incluso siglos, como testigos silenciosos de la actividad humana.
Gracias a esto, la dendroquímica se ha convertido en una herramienta poderosa para monitorear zonas afectadas por el uso de combustibles fósiles, la actividad industrial y los procesos urbanos. Los árboles actúan como bioindicadores naturales, registrando silenciosamente lo que ocurre a su alrededor, sin necesidad de equipos sofisticados ni de costosas redes de monitoreo.
Los anillos de los árboles también conservan la señal de condiciones climáticas, lo que permite identificar y reconstruir periodos de sequía y comprender cambios en los patrones de lluvia. Otros datos recuperados han sido útiles para detectar procesos de eutrofización o variaciones en las fuentes de azufre atmosférico, a menudo asociadas a emisiones industriales.
Además, algunos árboles pueden incorporar compuestos orgánicos asociados a la actividad humana, como hidrocarburos aromáticos policíclicos o bifenilos policlorados, que representan riesgos para la salud. Su presencia en la madera permite evaluar la exposición de un ecosistema a contaminantes peligrosos.
Incluso se ha descubierto que los árboles pueden acumular nanopartículas, partículas tan pequeñas que pasan inadvertidas en el ambiente. La dendroquímica abre la puerta para estudiarlas y comprender su distribución en el espacio y tiempo.
Un pasado que nos ayuda a proteger el futuro
Los árboles, en silencio, han sido testigos de cambios ambientales naturales y de los efectos de la actividad humana: la industria, la agricultura y el uso intensivo de combustibles fósiles. Sus anillos nos cuentan esa historia.
Entonces, recordemos que los árboles nos enseñan que la historia del planeta está escrita en silencio, anillo tras anillo. Cada gota de agua, cada cambio en el clima, cada huella de nuestra actividad humana, quedan registrados en su madera. La dendrocronología nos permite leer esa memoria y aprender de ella: comprender nuestro pasado para proteger nuestro futuro. Escuchar alos árboles es recordar que la naturaleza no solo sostiene la vida, sino que también nos habla, nos guía y nos invita a cuidar del mundo que compartimos.








