Ciudad de México, a 13 de abril de 2026.— La crisis de desapariciones dejó de ser un problema lejano para instalarse, literalmente, a las puertas del poder en la capital del país. En los límites entre Tláhuac y el municipio mexiquense de Chalco, autoridades localizaron 317 restos óseos en una extensa franja del Lago de Chalco, un hallazgo que sacude el discurso oficial de control territorial en la Ciudad de México.
El operativo, encabezado por la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México y la Comisión de Búsqueda de Personas de la Ciudad de México, abarcó más de 168 mil metros cuadrados entre tierra firme y zonas inundadas. Lo que emergió del lodo no fue sólo evidencia forense: fue una radiografía brutal de una ciudad que insiste en verse a sí misma como ajena a la tragedia nacional.
De acuerdo con los primeros análisis, los restos podrían pertenecer al menos a tres personas, aunque especialistas advierten que la cifra podría cambiar conforme avance la identificación. En contextos lacustres, explican, los cuerpos tienden a fragmentarse y dispersarse, multiplicando los hallazgos sin que ello represente necesariamente un mayor número de víctimas… o, en el peor de los casos, ocultándolo.
La escena no fue menor. Más de 400 servidores públicos, junto a elementos de la Guardia Nacional, la Secretaría de la Defensa Nacional y la Secretaría de Marina, participaron en las labores. Pero el rostro más persistente en el terreno no fue el institucional, sino el de las familias buscadoras, que una vez más empujaron una búsqueda que difícilmente habría alcanzado tal magnitud sin su presión.
Mientras palas y varillas removían la tierra, otro elemento encendió alertas: la localización de vasijas y materiales que podrían tener valor arqueológico. Una mezcla inquietante de pasado y presente que complica los peritajes y plantea una pregunta incómoda: ¿cuántas capas de historia —y de violencia— yacen superpuestas en ese mismo suelo?
El hallazgo ocurre en un momento políticamente sensible para Claudia Sheinbaum, cuya administración ha defendido la estrategia de seguridad y la coordinación interinstitucional como pilares de estabilidad. Sin embargo, la aparición de restos humanos en la periferia capitalina erosiona esa narrativa y acerca el problema de las fosas clandestinas al corazón mismo del poder político.
Porque si algo deja claro Chalco es que la desaparición no reconoce fronteras administrativas. No es exclusiva de entidades históricamente golpeadas por el crimen organizado; también se filtra en zonas urbanas densamente pobladas, donde el anonimato y la expansión territorial juegan a favor de la impunidad.
Por ahora, los restos permanecen bajo resguardo de peritos, que intentarán devolverles nombre e historia. Pero más allá de los resultados forenses, el mensaje ya está sobre la mesa: la crisis de desapariciones no sólo rodea a la capital, ya la alcanzó. Y lo hizo con más de 300 fragmentos de una verdad que, por años, se quiso mantener enterrada.









