Morelia, Mich., a 23 de febrero de 2026.- La sucesión tras la caída de Nemesio Oseguera no se está resolviendo en una mesa ni bajo una lógica de herencia automática. Se está definiendo en silencios, movimientos discretos y pulsos de poder entre mandos que saben que, en este momento, nadie manda del todo.
El cártel más expansivo de la última década, el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) enfrenta su mayor dilema: mantener la cohesión o fragmentarse en feudos armados. En ese escenario, varios nombres aparecen una y otra vez en reportes de inteligencia y análisis de seguridad. No todos buscan lo mismo ni juegan igual, pero todos entienden que este es un punto de no retorno.
Juan Carlos Valencia González, conocido como “El 03”, es el rostro más evidente de la continuidad. Hijastro del antiguo líder, su nombre carga con el peso del linaje, pero también con la desconfianza interna que despiertan las sucesiones familiares. Dentro del CJNG hay quienes lo ven como un factor de estabilidad y otros que consideran que el apellido, por sí solo, no garantiza obediencia. Su reto no es simbólico: es operativo. Para consolidarse, necesitaría demostrar control real sobre mandos regionales y territorios clave, incluidos aquellos históricamente conflictivos, como Michoacán, que siguen funcionando como prueba de fuego para cualquier aspirante.
En el extremo opuesto aparece Gonzalo Mendoza Gaytán, “El Sapo”, un perfil construido no desde la cercanía familiar, sino desde la guerra. Su reputación se sostiene en el control de células armadas y en una disciplina impuesta a base de violencia. Para muchos analistas, representa la opción más dura: un liderazgo que no busca consenso, sino sometimiento. Su origen michoacano no es un dato menor, pero tampoco decorativo. En el mundo criminal, ese antecedente suele leerse como experiencia en escenarios complejos, donde el mando no se negocia fácilmente. Si su influencia crece, la transición difícilmente sería silenciosa.
Más abajo en el ruido mediático, pero no en el peso real, se mueve Audias Flores Silva, “El Jardinero”. Su poder no está en la exhibición ni en los discursos internos, sino en la operación cotidiana: rutas, cobros, enlaces y presencia en múltiples estados. En un CJNG tensionado, figuras como la suya se vuelven decisivas porque no necesitan el trono para inclinar la balanza. Su respaldo —o su neutralidad— puede fortalecer o debilitar a cualquier jefe emergente.
Otro nombre que no puede quedar fuera es Ricardo Ruiz Velasco, “Doble R”. Con control en zonas urbanas estratégicas, su influencia es local, pero altamente sensible. En un escenario de ruptura, las plazas que domina se convierten en activos codiciados. No es necesariamente un aspirante al mando nacional, pero sí un actor que nadie puede pasar por alto si se busca estabilidad interna.
Finalmente está Heraclio Guerrero Martínez, “El Tío Lako”, un perfil que encarna el poder regional resistente. No aparece en la primera línea de la sucesión, pero su capacidad para mantenerse, adaptarse y negociar desde la fuerza lo coloca como una pieza clave en cualquier reacomodo. Su influencia en distintas regiones, incluidas zonas de Michoacán, lo convierte en un factor que puede inclinar conflictos o contenerlos, según convenga a sus intereses.
El riesgo real para el CJNG no es que uno de estos hombres se imponga, sino que ninguno logre hacerlo completamente. Un liderazgo incompleto abre la puerta a pactos frágiles, traiciones internas y guerras que se trasladan al territorio.
En ese contexto, estados estratégicos como Michoacán no concentran el poder, pero sí lo ponen a prueba. Quien no logra sostenerse ahí, difícilmente puede aspirar a controlar el todo.
Porque en el crimen organizado, cuando el jefe cae, el vacío no existe. Lo que existe es la pelea por llenarlo.








