Morelia, Michoacán, a 23 de mayo de 2026.- La vida de la familia Orozco Silva, originaria de la localidad de La Noria, municipio de Tarímbaro, Michoacán, cambió radicalmente tras la desaparición de su hijo de 17 años.
Todo ocurrió el domingo 1 de febrero de 2026, José Ausencio Orozco Silva salió de su casa en su motocicleta con destino a Cuto del Porvenir; iba a cargar gasolina. Un trayecto que debía ser breve se convirtió en una espera que se prolonga hasta la actualidad, narró su madre, la señora Giovanna Isela Silva Vázquez.
El joven se dedicaba, junto con su madre y hermanos, a la cosecha de cempasúchil. “La tierra necesita sus manos para seguir dando los frutos que produce”, dice su madre con desesperación. Para ella, su hijo no es una cifra en la estadística de desapariciones que azota a Michoacán; es el muchacho trabajador que, puntual, estaba en los campos para buscar el sustento diario de la familia.
“Quiero a mi hijo vivo, porque vivo se lo llevaron y vivo lo quiero”, sentencia Giovanna. Su voz no solo se dirige a quienes se lo llevaron, sino con especial énfasis a la Fiscalía General del Estado de Michoacán (FGE). Hay algo en su mirada que sugiere que el silencio institucional es cómplice. “Ellos saben a qué me estoy refiriendo... saben por qué me dirijo exactamente a ellos”, añade.
La desaparición de José Ausencio no es un hecho aislado. Según relata su madre, Tarímbaro vive desde hace cinco años una tendencia alarmante: sus jóvenes están desapareciendo. Lo que antes veían en las noticias como algo ajeno, hoy es su realidad cotidiana.
Giovanna ha recorrido rancherías, ha tocado puertas en Morelia y ha llevado su testimonio a los medios, pero la respuesta de las autoridades sigue siendo un "proceso de investigación" que no entrega resultados. Ante la falta de avances oficiales, ella apela a la comunidad: “Hoy nos tocó a nosotros, mañana pueden ser ellos. Piensen en este dolor que nadie en el mundo merece”.
A pesar de la rabia, el mensaje de esta madre no busca venganza ni pide castigo; pide a su hijo. “Nosotros no buscamos culpables, lo único que buscamos es a nuestro hijo. Que Dios los perdone por sus actos, pero que me lo devuelvan”.
Mientras tanto, en Tarímbaro, el campo espera las manos de un joven de 17 años que, año con año, sembraba las flores de cempasúchil.









