Zamora, Mich., a 23 de febrero de 2026.- El 22 de febrero dejó a Zamora en pausa. Bloqueos regionales, suspensión de actividades y una ciudad que optó por replegarse ante la incertidumbre marcaron una jornada que volvió a poner a prueba la capacidad de respuesta institucional. Sin embargo, más allá de los hechos en sí, lo que terminó generando mayor inquietud fue la ausencia de liderazgo visible en el momento más delicado del día.
Mientras la tensión crecía y los ciudadanos buscaban certezas, el alcalde Carlos Soto no apareció públicamente para dirigir un mensaje a la población. No hubo posicionamiento en video, conferencia o mensaje directo que ofreciera tranquilidad, claridad o conducción política. La comunicación oficial se limitó a dos comunicados institucionales: uno informando sobre la situación general y otro anunciando la suspensión de labores en áreas del gobierno municipal.
En escenarios de crisis, la forma importa tanto como el fondo. Un comunicado cumple una función informativa, pero no sustituye la presencia política. Las ciudades no solo requieren avisos administrativos; requieren liderazgo visible, capacidad de transmitir control y una narrativa clara sobre lo que está ocurriendo y lo que se está haciendo para afrontarlo.
La ausencia del alcalde en un día de alta tensión alimentó una percepción incómoda: la de un gobierno reactivo más que conductor. Aunque los hechos detonantes provinieron de una dinámica regional, el impacto fue local. Comercios cerraron, familias se resguardaron y trabajadores vieron interrumpida su jornada. En ese contexto, la ciudadanía esperaba ver a su autoridad municipal al frente, no detrás de un comunicado.
La crítica no gira en torno a la competencia directa del municipio en los acontecimientos, sino en torno al ejercicio del liderazgo político. Gobernar implica asumir la responsabilidad de comunicar incluso cuando la crisis no se originó en el territorio propio. El silencio público, en momentos de incertidumbre, puede interpretarse como ausencia de control o falta de preparación.
Además, la jornada evidenció que Zamora sigue siendo vulnerable a factores externos. La facilidad con la que se paralizó parte de la actividad económica y gubernamental plantea preguntas de fondo sobre la planeación de contingencias, la fortaleza institucional y la capacidad de respuesta coordinada. Sin una figura visible que encabece la narrativa, la percepción de fragilidad se amplifica.
El 22 de febrero pudo haber sido una oportunidad para reforzar confianza, para mostrar conducción política y para enviar un mensaje claro de respaldo a la población. En lugar de ello, la comunicación quedó reducida a textos institucionales que, si bien cumplieron una función administrativa, no sustituyeron el liderazgo que muchos esperaban ver.
En política, las crisis no solo se gestionan: se enfrentan de cara a la ciudadanía. Y en Zamora, ese rostro no apareció.








