Ciudad de México, a 4 de febrero de 2026.- Mientras millones de mexicanos sobreviven entre la precariedad, la violencia y el abandono institucional, en el corazón del poder legislativo se peinan, se maquillan y se retocan el tinte en horario loboral. Literalmente.
Un salón de belleza instalado dentro del Senado de la República fue exhibido este miércoles cuando una senadora del Partido Verde se hallaba retocando su tinte, revelando los reporteros el uso de espacios públicos para fines personales de legisladoras, en un escándalo que retrata con crudeza la distancia entre la clase política y la realidad social del país.
El espacio, completamente equipado con sillones, espejos, lavacabezas y material de estética, operaba en oficinas legislativas durante días de sesión.
De acuerdo con versiones internas y material gráfico difundido en medios y redes sociales, el salón estaría vinculado a la senadora Andrea Chávez, figura prominente de Morena y defensora pública del discurso de austeridad y transformación del régimen político.
Incluso, legisladoras de otros partidos habrían sido vistas utilizándolo en pleno horario legislativo, mientras el país padece una crisis de seguridad, de salud y derechos humanos.
Austeridad para el discurso, privilegios para la élite
El hallazgo desató una ola de indignación pública no por el tinte o el maquillaje en sí, sino por lo que simboliza: la privatización del espacio público por quienes gobiernan, en un país donde hospitales carecen de medicamentos, escuelas se caen a pedazos y periodistas son asesinados sin justicia.
La escena resulta insultante: mientras ciudadanos hacen filas interminables para trámites básicos o esperan meses una consulta médica, el Senado se convierte en un tocador privado, reforzando la percepción de que la clase política vive en una burbuja de privilegios ajena a la desigualdad que dice combatir.
Este episodio no es un hecho aislado, sino un síntoma de una corrupción más profunda y normalizada, donde lo público se confunde con lo personal y el poder se ejerce sin pudor ni consecuencia.
Hasta ahora, no se han anunciado sanciones, investigaciones formales ni deslindes claros, mientras la polémica crece y el descrédito hacia el Congreso se profundiza. Para muchos, el mensaje es claro: la austeridad es un discurso para la tribuna, no una práctica cotidiana del poder.








