Morelia, mich; a 06 de junio de 2018. - De cara a las elecciones presidenciales del próximo primero de julio se vislumbra una gran disyuntiva: ¿El candidato elige a sus electores o los electores elegirán a su presidente?
Las campañas han permeado tan hondamente en el ánimo de ciertos sectores de la sociedad, que da la impresión de que son los candidatos los que han determinado quiénes votarán por ellos. Y eso, a todas luces, es muy delicado.
La falta de propuestas sólidas y viables para gobernar es evidente; lo que abundan son las mentiras, las traiciones, las descalificaciones, los ataques y la avaricia. No hay en el horizonte político mexicano alguien que genere certidumbre, que garantice equidad, que oferte equilibrio.
Los cuatro presidenciables han evadido los temas nodales. Todos sugieren paliativos para situaciones de caos, de crisis, de podredumbre. Ninguno se compromete en asuntos de seguridad pública, corrupción, economía, migración y relaciones con Estados Unidos.
Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Anaya, José Antonio Mead y Jaime Rodríguez han recurrido a la demagogia, a la retórica barata y a las encuestas maquilladas para impactar en el ánimo de la población, para hacer creer lo que no es, para aparentar, para sumar en su favor.
Lo grave es que les ha funcionado, a unos más que a otros, pero han logrado su objetivo, porque no son pocos los ciudadanos que creen a pies juntillas lo que este o aquel dice, promete, sugiere o manipula. Por tanto, queda claro quién elige a quien.
Las encuestas, es verdad, reflejan la inclinación de la gente que fue encuestada, pero los encuestadores no dicen a qué gente encuestaron, y allí hay un gran vacío que podría incidir hacia un lado diferente al que arrojan sus resultados.
Hoy día está claro y es incuestionable que Andrés Manuel López Obrador está arriba en las encuestas, pero eso no garantiza que también en las preferencias de las mayorías, porque no se sabe cuáles son las respuestas para preguntas como ¿por quiénes votarán los que no respondieron, los que dijeron que no han decidido su voto, los que no fueron encuestados?
Realizar una encuesta en busca de un resultado determinado es fácil, mucho más de lo que parece. Si la encuestadora quiere obtener una desventaja en contra de quien representa a la izquierda (que no la hay en este país) bastará con que encueste a gente de clase media para arriba, por ejemplo.
Mas, sea como fuere, la única encuesta real, la verdadera, la incuestionable es la de las elecciones. Y, sin embargo, hay quienes no creen en su legalidad, en su resultado, porque el discurso político de los vencidos anteriormente ha incubado en la mente del mexicano común que todo es falso.
Esa predisposición de la ciudadanía motiva otra pregunta: ¿Las elecciones serán limpias sólo si gana quien está arriba en las encuestas? Es decir que ¿sólo si los sufragios le son favorables al candidato Andrés Manuel López Obrador tenemos que admitir que todo fue legal?
Así, entonces, está en chino la situación, porque si las encuestas no representan las preferencias reales de las mayorías ciudadanas de este país, podría ganar Ricardo Anaya o José Antonio Mead, lo que provocaría una reacción negativa en el ánimo de quienes creen en los resultados del sondeo como una verdad invariable.
Y hoy, señores y señoras, a juicio mío que las elecciones del ya muy próximo primero de julio no están decididas, por más que haya quienes digan lo contrario, porque las campañas, en efecto, han permeado hasta el tuétano en la ciudadanía, y así como abundan quienes creen sin peros aquello del “PriAn y la mafia del poder”, también es cada vez mayor el número de gente que acepta convencida eso de que “Andrés Manuel López Obrador representa un peligro para el país”. Tiempo al tiempo que el tiempo vuela. Así sea.









