Morelia, Michoacán, a 6 de noviembre de 2019.- El domingo anterior encontré un pintor en la cerrada de la Plaza Benito Juárez, a un artista del arte pictórico que reúne en una misma tela en blanco al expresionismo, al geometrismo y al minimalismo; que hace de sus composiciones plásticas un estudio de la luz, en un recorrido puntual por todas las degradaciones tonales del gris, desde el blanco hasta el negro absoluto; que domina los secretos de la línea y el color; que propone contrastes simples, pero contundentes; un creador que se llama Eloy Hernández, egresado de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Michoacana; a un pintor que es de San Nicolás Obispo, pero tiene su residencia en Acaponeta, Nayarit. Lo encontré en la calle, con sus cuadros expuestos al aire libre, ofertados a precios muy bajos, “para que se vendan”, dijo.
Los cuadros de Eloy Hernández son obras circulares, empiezan donde terminan, pero uno no sabe dónde comienzan, porque son de una redondez que lo descubre como dueño de una técnica depurada, por ello no le apuesta a lo circunstancial, puesto que cada pincelazo es parte de un proyecto previamente concebido, cabalmente determinado, fielmente ejecutado.
Eloy Hernández pinta detalles de la fiesta más bella de todas las fiestas, toros y toreros en una comunión de luz y movimiento, en una danza sin parangón en la que hombre y bestia se funden acompasadamente en círculos y óvalos, aunque nada sabe del Arte de Cúchares, porque a él lo que le llena el ojo, lo que le llama la atención, lo que lo impacta no es a tauromaquia en sí, sino las evoluciones estéticas que percibe, que visualiza, que capta a la hora de la reunión entre sus dos protagonistas.
Sus cuadros taurinos no son coloridos como sí es la fiesta brava, porque están pintados en blanco y negro con un detalle en rojo, generalmente es la muleta, para el alto contraste, para el impacto visual, para el diálogo de su pintura con el espectador.
Pero no solamente pinta toros y toreros, también compone obras en las que el objetivo plástico son la infancia y sus juguetes, son la niñez y sus capacidades de asombro, son la ingenuidad infantil y sus ansias de conocimiento, son el candor y la ternura de los primeros años de la humanidad.
Como paisajista, Eloy Hernández no se complica la existencia, al menos no más allá de lo que de rigor exige el color negro, habida cuenta que si no se tiene la pericia suele mancharse, pero nuestro artista es un maestro del negro y el blanco, del alto contraste, por eso sus obras son de una pulcritud esquizofrénica.
Hay, en las pinturas de Eloy Hernández, tan sólo un detalle que no me agrada, es una venda sobre los ojos de la figura humana, mas como para él es su toque personal, una especie de huella plástica o firma, ni que decirle.
Eloy Hernández, el pintor michoacano y nayarita, expone las mañanas y tardes de domingo en la cerrada que está entre la Plaza Benito Juárez y la Plaza de Armas, en el puro corazón de esta ciudad de coral ceniciento. Así sea.









