* Contrabando internacional y producción clandestina convergen en el mercado negro mexicano, mientras los decomisos de 2026 revelan una cadena que va de los puertos y aeropuertos hasta los centros urbanos de almacenamiento y distribución. En esa trama aparece también el llamado Cártel del Tabaco y la historia de los hermanos Cedano Filippini, cuya estructura fue señalada en investigaciones periodísticas por evolucionar de la presión sobre comerciantes a la producción y distribución de cigarrillos en México.
Ciudad de Mexico, a 22 de sepiembre de 2026.- El negocio ilegal del cigarro tiene dos grandes puertas de entrada. Una se abre en los puertos y aeropuertos, por donde millones de cigarrillos fabricados principalmente en Asia intentan ingresar a México ocultos detrás de declaraciones comerciales que no corresponden con la mercancía transportada. La otra está dentro del propio país y opera sobre una lógica distinta: fabricar, maquilar, registrar o utilizar marcas y construir redes de distribución capaces de colocar el producto en los mismos mercados donde compiten las compañías legales.
Entre ambas rutas existe una zona de encuentro: las bodegas, los centros de distribución y los mercados populares donde el cigarro deja de ser un cargamento clandestino y se convierte en mercancía para el consumidor. El aseguramiento de aproximadamente 13 toneladas de tabaco ilegal en seis inmuebles de las alcaldías Cuauhtémoc y Venustiano Carranza expone precisamente esa fase intermedia de la cadena. Las autoridades localizaron unas 650 mil cajetillas, además de droga, mercancía apócrifa y cartuchos de distintos calibres.
La operación tampoco surgió de una revisión aislada. La información oficial señala que los cateos fueron producto del seguimiento a aseguramientos anteriores realizados por Marina, Aduanas y la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana. El recorrido resulta significativo: primero aparecen los cargamentos, después las investigaciones y finalmente los puntos donde la mercancía es almacenada y preparada para su distribución. El combate al tabaco ilícito comienza así a dejar de concentrarse únicamente en las aduanas para avanzar hacia el interior de las ciudades.
El primer negocio: traer millones desde Asia
Los decomisos acumulados durante 2026 muestran hasta qué punto el contrabando internacional puede operar a una escala industrial. En la Aduana de Lázaro Cárdenas, Michoacán, el 6 de agosto fueron asegurados 9 millones 948 mil cigarros apócrifos, ocultos en una operación cuya documentación declaraba otro tipo de mercancía.
El golpe más grande llegó el 20 de agosto, cuando Marina y ANAM informaron del aseguramiento de 52.5 millones de cigarros apócrifos procedentes de Vietnam en ese mismo puerto michoacano. El cargamento había sido detectado durante una operación de transbordo.
Once días después, Lázaro Cárdenas volvió a aparecer en los registros oficiales. En esta ocasión fueron localizadas 554 mil 400 cajetillas, equivalentes a 11 millones 88 mil cigarros, dentro de un contenedor declarado como lámparas. La reiteración de operaciones de esta magnitud muestra que el problema no se reduce a pequeños lotes introducidos de manera clandestina: existen cadenas de suministro capaces de movilizar millones de unidades en una sola operación.
Lázaro Cárdenas no es el único punto. El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y otros puntos de entrada también han registrado aseguramientos durante el año. El patrón comienza a dibujar una infraestructura que utiliza rutas comerciales legítimas para intentar introducir mercancía que, una vez dentro del país, necesita transporte, almacenamiento y distribución.
El mecanismo tiene una lógica empresarial sencilla, aunque clandestina: conseguir producto barato en el extranjero, introducirlo al país reduciendo o evadiendo los controles correspondientes, trasladarlo a centros de almacenamiento y posteriormente colocarlo en una red de mayoristas y vendedores. La ganancia aparece en cada eslabón y aumenta cuando el producto logra alcanzar el mercado sin pagar los impuestos, cumplir las regulaciones sanitarias o asumir los costos que enfrenta la industria formal.
El Colegio de México identifica precisamente este contrabando internacional como uno de los dos grandes modelos que alimentan el mercado ilícito de tabaco en México. El otro no necesita cruzar un océano.
El segundo negocio: fabricar el cigarro dentro de México
La segunda ruta resulta más sofisticada porque prescinde, al menos parcialmente, de la dependencia de los grandes cargamentos internacionales. El producto puede fabricarse o maquilarse dentro de México y posteriormente ingresar a una red de distribución nacional. El estudio de El Colegio de México identifica esta modalidad como producción nacional irregular y advierte que ambos modelos pueden coexistir e incluso combinarse.
Es en este punto donde aparece uno de los capítulos más interesantes de la historia reciente del tabaco ilegal mexicano: el llamado Cártel del Tabaco, una estructura que diversas investigaciones periodísticas relacionaron con los hermanos Carlos Alberto, Hugo y Genaro Cedano Filippini.
La historia de los Filippini resulta relevante porque muestra cómo el mercado ilegal puede dejar de depender exclusivamente del contrabando para intentar controlar la cadena dentro del territorio nacional. Investigaciones publicadas por la prensa documentaron acusaciones de comerciantes que afirmaron haber recibido presiones para vender determinadas marcas y desplazar otros productos de sus establecimientos. Los reportajes relacionaron aquella estructura con empresas como Tobacco International Holdings (TIH), Braxico Manufacturing y Bradis.
Aquella etapa ya revelaba algo fundamental: el negocio no consistía únicamente en vender cigarros baratos. También implicaba disputar el control del punto de venta. Si una red consigue que un comerciante abandone determinadas marcas y coloque las que ella distribuye, obtiene una posición privilegiada sin necesidad de controlar físicamente cada tienda.
Después vino una evolución todavía más significativa. La prensa documentó que la estructura atribuida en sus investigaciones a los Filippini incursionó en la producción de cigarros hechos en México, ampliando el modelo hacia la fabricación y distribución de distintas marcas. Entre las marcas mencionadas en esas investigaciones aparecieron Laredo, Studio 54 y Península, entre otras.
Ese tránsito cambia completamente la naturaleza del negocio. Un grupo que únicamente contrabandea depende de proveedores extranjeros, rutas marítimas, intermediarios y cruces aduanales. Una estructura que produce dentro del país puede controlar más etapas de la cadena: fabricación, marca, distribución y colocación comercial.
Los Filippini y la expansión hacia el mercado mexicano
Los reportajes sobre los hermanos Cedano Filippini adquirieron especial relevancia por la expansión territorial atribuida a su estructura. En investigaciones publicadas por medios como N+ se documentó el intento de introducir determinadas marcas en el Valle de México y su presencia reportada en entidades como Michoacán y Jalisco, mientras que Tepito apareció como uno de los espacios comerciales relevantes dentro de esa expansión.
La importancia de esta historia no está únicamente en los nombres de los involucrados, sino en el modelo de negocio que las investigaciones describieron: una red que buscaba pasar de la distribución a la fabricación y del producto a la capacidad de imponerlo en determinados puntos de venta.
Ese antecedente resulta particularmente interesante ahora que las autoridades han comenzado a encontrar grandes volúmenes de tabaco ilegal no sólo en contenedores, sino en inmuebles ubicados dentro de la Ciudad de México. Los seis predios cateados este 22 de septiembre estaban relacionados, según las autoridades, con almacenamiento y comercialización. La mercancía ya había superado la etapa de entrada al país y se encontraba dentro de la infraestructura necesaria para alimentar el mercado.
No existe información pública que permita afirmar que esos inmuebles pertenecían a los Filippini o al llamado Cártel del Tabaco. Tampoco que los grandes cargamentos asegurados este año en Lázaro Cárdenas sean producto de esa estructura. Lo que sí existe es un fenómeno que merece ser investigado conjuntamente: un mercado nacional en el que conviven el cigarro extranjero introducido ilegalmente y el cigarro producido irregularmente dentro de México.
Tepito: el punto donde el contrabando se convierte en negocio
La Ciudad de México representa una pieza fundamental porque concentra una enorme actividad comercial y, particularmente en zonas como Tepito, existe desde hace años un mercado de mercancía irregular que incluye cigarros pirata, clonados y de procedencia extranjera.
Reportes periodísticos publicados en 2026 han descrito a Tepito como uno de los principales puntos de comercialización de este tipo de productos, con mercancía procedente de países asiáticos y otras regiones. El fenómeno se mezcla además con otros mercados ilegales, como ropa, calzado, electrónicos y productos apócrifos.
Por eso el hallazgo de las 13 toneladas en Cuauhtémoc y Venustiano Carranza adquiere una importancia que rebasa el volumen decomisado. Las autoridades no encontraron únicamente cigarros en tránsito. Encontraron una infraestructura de almacenamiento vinculada con la fase que permite convertir un producto ilícito en mercancía disponible para los comerciantes.
El tabaco, además, apareció acompañado por droga, mercancía apócrifa y cartuchos. Esa combinación no demuestra por sí misma que una sola organización controle todas esas actividades, pero sí muestra el entorno comercial en el que pueden coexistir distintos mercados clandestinos y utilizar infraestructura logística común.
El estudio de El Colegio de México ha planteado precisamente la existencia de un ecosistema de actividades ilícitasalrededor del comercio de tabaco, en el que pueden confluir contrabando, piratería, venta irregular y otras actividades. La evidencia encontrada ahora en la capital vuelve especialmente relevante esa perspectiva.
La ruta que comienza en Asia y termina en una bodega
Vista desde arriba, la cadena tiene una forma mucho más clara. Un cargamento puede comenzar en una fábrica asiática, viajar miles de kilómetros, llegar a Lázaro Cárdenas, Manzanillo o un aeropuerto, atravesar una operación de comercio exterior y continuar por carretera hasta un centro de almacenamiento. Desde ahí pasa a distribuidores y finalmente llega a tiendas, mercados, tianguis o vendedores informales.
La otra cadena puede comenzar dentro de México. Una fábrica o instalación de producción clandestina genera el producto, una empresa o marca sirve como vehículo comercial, un distribuidor mueve las cajas y una red de vendedores las coloca en el mercado.
En ambos casos, la última parte es prácticamente la misma: la calle.
Ahí desaparece la diferencia entre el cigarro que atravesó el Pacífico dentro de un contenedor y el que fue producido dentro del territorio nacional. Para el consumidor, ambos aparecen como una alternativa de menor precio. Para quienes controlan la cadena, representan mercancía con una estructura de costos distinta a la de la industria formal.
Ese es el verdadero tamaño del negocio: no se trata solamente de esconder cigarros para superar una aduana. Se trata de construir una cadena completa capaz de llevarlos hasta el consumidor.
2026: millones decomisados y una cadena que comienza a quedar expuesta
Los aseguramientos de este año han permitido observar varias etapas de esa cadena casi de manera consecutiva. Los cargamentos detectados en puertos y aeropuertos muestran la dimensión del abastecimiento internacional; los cateos en Ciudad de México revelan la infraestructura de almacenamiento y distribución; y las investigaciones anteriores sobre el llamado Cártel del Tabaco aportan otro elemento: la existencia de estructuras que, según reportes periodísticos, intentaron desarrollar producción nacional y controlar canales de comercialización.
Son fenómenos relacionados por el mercado, pero no necesariamente por una misma organización.
Esa distinción es crucial. Que dos redes utilicen los mismos puertos, las mismas zonas comerciales o incluso el mismo mercado no significa automáticamente que formen parte de una sola estructura criminal. Para establecer una conexión entre ellas se necesitarían documentos de importación, empresas involucradas, destinatarios, registros financieros, domicilios, transportistas, comunicaciones u otras evidencias que permitan pasar de la coincidencia a la demostración.
Por ahora, lo que los hechos permiten observar es algo más amplio y quizá más importante: México enfrenta un mercado ilícito de tabaco con capacidad internacional y nacional al mismo tiempo.
Un negocio trae millones de cigarros desde Asia.
Otro puede fabricarlos dentro del país.
Ambos necesitan bodegas, distribuidores y comerciantes.
Y en algún punto esas rutas terminan encontrándose en el mismo mercado.
Las 13 toneladas decomisadas en Ciudad de México son, por ello, mucho más que una cifra espectacular. Son una fotografía de la parte de la cadena que permanece oculta después de que los contenedores abandonan los puertos y antes de que las cajetillas lleguen a los consumidores.
Durante años, la historia del cigarro ilegal podía contarse mirando hacia las aduanas. Los decomisos de 2026 obligan a mirar también hacia las bodegas, los distribuidores y las marcas.
Y en ese mapa reaparece la historia de los Filippini, no como una explicación automática de cada decomiso, sino como uno de los antecedentes más relevantes para entender cómo el negocio del tabaco ilegal mexicano evolucionó desde el simple movimiento de mercancía hacia un modelo mucho más ambicioso: producir, distribuir y conquistar el mercado desde dentro.









