Morelia, Michoacán., a 17 de marzo del 2019.- Cuando llegué ya estaba allí, concentrado en su rollo, embutido en una comunión interior ajena al runrún contaminante de los automotores, absorto en su soliloquio pictórico, en pleno momento creativo. Ni cuenta se dio que lo fotografiaba yo, que lo estudiaba, que no me perdía detalle de su mecánica de movimientos, que veía detenidamente su bicicleta, esa que dice “un carro menos”, que lo había convertido en un cazador cazado, mejor dicho en un objetivo plástico de mi actividad periodística.
¿Qué haces?, pregunté solamente para llamar su atención, para sacarlo de su concentración, de su apasionada creatividad. Su respuesta no me importaba, solamente quería verle el rostro, escuchar la tesitura de sus ideas, ver el colorido de su memoria y robarle el espíritu con mi cámara fotográfica (bueno, eso es lo que dicen algunas tarascas para no dejarse fotografiar).
Es un chavo muy alivianado, loquillo, chiflado diría mi abuela, porque trabaja muchísimo para no trabajar, se compromete para no comprometerse y ha empezado a robarse honestamente las miradas, las curiosidades, los signos de interrogación de cientos, miles, millones de morelianos que pasan frente a sus discursos pictóricos, ante sus provocaciones visuales.
Es Juan Fuerte, un muralista callejero, un grafitero irredento, un artista urbano de esos que se han dejado capturar por el street art, esa expresión arbitrariamente ordenada surgida hace más de diez décadas que tuvo su mayor florecimiento en París.
Cuando llegué tenía dos días entregado a la pintura de un mural, el 60 de su autoría, sobre una pared de bloques de cemento frente al estacionamiento de El Sol de Morelia, por la calle Isidro Huarte, ya muy cerca de la Plaza Mártires del 47, esa que ahora está rodeada de tugurios como La Pulque, el Rincón de los Suspiros, El Manglar y no sé qué brebajes más.
Su pintura fue la que en realidad llamó mi atención por sugerente, por provocativa, por canija. El mural tiene un aproximado de seis metros y medio por dos y medio, pintado al acrílico, en el que desarrolló una propuesta visual que convida a revalorar nuestros orígenes, a rebuscarnos como entes proactivos, a preguntarnos quiénes somos.
Desde dentro de una gran canoa reman dos hombres mariposa enmascarados y con rostros de circunstancia; adelante de la canoa-mazorca un pez-hoja marca el rumbo y el ritmo, mientras que atrás otro se retuerce por la duda y la situación.
La canoa es una mazorca, los remos son unas manos inmensas, los hombres son dos indios que buscan parecer mestizos y los peces son el otoño en decadencia. Esto es que se trata de un mural de corte surrealista con un concepto realista y una propuesta original, de avanzada, que habla de una búsqueda de nosotros mismos y de dos grandes signos de interrogación que enmarcan un ¿quiénes somos y hacia dónde vamos?
Juan Fuerte es un artista callejero, un creador urbano. Esto es que ese es su nombre artístico, su nombre de batalla, su marca de gato, su rastro, su huella de perro. Es decir que así se firma como autor, como creador.
Pero su nombre de pila, el que aparece en su credencial del IFE, la de votar mucho a la chitt, es decir la que nos lleva a jugar el juego que todos jugamos y que vale para una pura y dos con sal o lo que es lo mismo para lo que se le unta al queso (el añejo de Cotija) es Juan José Villaseñor Fuerte, mismo del que hizo el apócope que hoy día se puede leer en diversos rumbos y muros de esta ciudad que fuera el Antiguo Jardín de la Nueva España que muchos candorosos y almibarados apodan la Ciudad de las Canteras Rosas (jaja).
Juan José Villaseñor Fuerte es arquitecto por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), un arquitecto que no ejerce su profesión, porque prefirió cederle su cuerpo, su mente, su inteligencia, su talento, su tiempo y su espacio a Juan Fuerte, ese artista urbano, pintor callejero, que no es un improvisado porque hizo estudios de pintura en la Escuela de Bellas Artes.
Y tan no es un improvisado que se asume seguidor o influenciado por Jorge González Camarena, autor de La Patria, la pintura más reproducida de todo el mundo porque ha ilustrado durante generaciones y generaciones los libros de texto gratuito de nuestro país. También se sabe influenciado por David Alfaro Siqueiros, uno de los TRES GRANDES MURALISTAS MEXICANOS, creador de La Nueva Democracia, ese mural pintado a la piroxilina sobre tela que permanece colocado en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de los Espejos; y del expresionista ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, el que en unos cuantos trazos le daba rostro y expresión a la angustia, el hambre y al desamparo.
No, no es un improvisado, si lo fuera no tendría un dominio del lenguaje de la línea, del lenguaje del color, de la composición y del formato, tampoco un desarrollo temático tan claro y contundente como los tiene, porque nada en su obra queda como cabo suelto, nada es un emplaste para rellenar, todo es un discurso circular que expone una concepción largamente pensada, bocetada y bien acabada, aunque diga que no es ni quisquilloso, ni perfeccionista a la hora de pintar.
Juan Fuerte, digo al inicio de esta entrega, estaba pinta que pinta su mural, ese al que ya terminado le dio por título “En busca de nosotros mismos”, es decir de nuestra esencia primigenia, de nuestros rasgos más originales y característicos, de nuestros perfiles culturales, de nuestra idiosincrasia personal, bueno, no sé si la de nosotros, porque al final de cuentas y desde el principio de los mestizajes, nosotros somos descendientes de europeos y americanos, conquistadores y conquistados, invasores e invadidos, amos y esclavos, españoles e indios.
Pero, bueno, “En busca de nosotros mismos” porque ni los indígenas son tan indios hoy día, ni los mestizos somos tan mestizos, más bien unos y otros nos debemos asumir como mescolanza de quien sabe cuántas sangres, de más de dos razas.
Su obra mural de referencia, la de Juan Fuerte, es decir esa que pintó frente al estacionamiento de El Sol de Morelia, es una alegoría que alude claramente a los hombres de maíz, esos que son nuestros antepasados indígenas, según los conceptos de los antiguos mesoamericanos, aquellos que han sido tan estudiados por etnólogos y antropólogos.
La canoa es una mazorca, el remero es un indio que se avergüenza de su estirpe, por eso usa una máscara de criollo o mestizo o español, de lo que sea con tal de no parecer tarasco (o purhépecha, si usted, lector, lo prefiere), ni nahua, ni mazahua, ni otomí.
El remero rema con dos remos que empiezan como palos y terminan ¿o empiezan? Como enormes manos, ambos tienen alas de mariposa monarca, esa que migra de Canadá a bosques de Michoacán y EdoMex para invernar. El segundo indígena, también enmascarado, lleva en su mano izquierda un racimo de hongos alucinógenos y comestibles, y adelante la canoa va un pez-hoja marcándoles el camino, seguramente el de retorno al agua, que es donde se dio el primer hálito de vida en el principio de los siglos. Atrás de la gran mazorca-canoa, otro pez se retuerce con cara de circunstancia, como dudando de que el camino sea el que marca el primero, el que va adelante ¡o en retroceso?
En suma, la obra de Juan Fuerte reposa perfectamente en el surrealismo. Quedó bien resuelta y es rica en gamas, porque hasta la mazorca es producto de una paleta amplia.
Juan Fuerte, entonces, ahora mismo pinta por encargo un nuevo mural en el Parque Nacional “Eduardo Ruiz”, por alá por donde se extingue inmisericordemente un mural de Manuel Pérez Coronado (Mapeco) ante la estúpida complacencia de las autoridades municipales y estatales, así como de los tontos mapecoistas que lejos de promover y propiciar su restauración se opusieron a que fuera restaurado cuando todavía era restaurable.
Total, que Juan Fuerte se fortalece con su pintura mural callejera, y poco a poco empieza a convertirse en un autor de obras por encargo. Así sea.









